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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica"

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CASA PUBLICADORA BRASILEIRA 

COMENTARIO DE LA LECCIÓN 

I Trimestre de 2008 
"El discipulado" 

Lección 5 

(26 de Enero al 2 de Febrero de 2008) 

Género y discipulado 



Dr. Berndt D. Wolter 



Una breve defensa de la mujer (como si la necesitara...): Nadie necesita justificar a 
Jesús por haber escogido sólo hombres como discípulos. En realidad, Él tuvo también 
discípulas. La revelación bíblica no distingue niveles, preferencias ni discriminación de 
un género sobre otro. 

La historia de Israel está llena de experiencias en las cuales el pueblo vivió contraria- 
mente a la voluntad divina. Y la convivencia con las naciones vecinas añadió costum- 
bres y usos ajenos a su voluntad, por más que Él los tolerara. La Biblia registra todo 
ello, pero eso no quiere decir que Dios apoyara lo que se hacía. 

El Señor toleró cosas como la esclavitud, la poligamia, la discriminación femenina, in- 
cluso dentro de su propio pueblo, aunque era contrario a su voluntad, hasta que pudie- 
ra revelar algo superior por medio de sus profetas. 

En cierto modo, Jesús rompió las barreras culturales al aceptar a una determinada 
discípula (recordando que tuvo varias). Tal como lo explicó el Dr. Reinaldo Siqueira re- 
cientemente: María se auto nominó como discípula al permanecer a los pies de Jesús 
(Lucas 10:39) y Marta, sobrecargada de quehaceres, creyó inadecuado para una mu- 
jer esa postura. "¡Que vaya a la cocina, donde es el lugar de las mujeres!" pareció de- 
cir Marte, de acuerdo con la postura que la cultura había impuesto, pero que Dios nun- 
ca había aprobado y que Jesús reprendió: "Marta, Marta, estás preocupada y turbada 
por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria. Y María escogió la buena parte, 
que no le será quitada" (Lucas 10:41, 42). En ese momento, Jesús confirmó a María en 
su posición de discípula, ¡al permanecer a sus pies y aprender de Él! 

Encuentro maravilloso el hecho de que Jesús haya destacada en su ministerio episo- 
dios que llevarían a las personas a una comprensión más amplia de lo que significan 
las relaciones sociales. En aquella época, el tema de la liberación femenina no era una 
cuestión que siquiera ocupara un mínimo espacio en las conversaciones. No creo que 
Jesús haya puesto en riesgo su misión de salvar a hombres y mujeres a causa de un 
tema entonces totalmente periférico. 

No olvidemos que el tema de los derechos de las mujeres es algo relativamente re- 
ciente en la historia de la humanidad. En la época de Jesús, no era usual que las mu- 
jeres ocuparan puestos de liderazgo ni que se expusieran en público. Y había muchas 
otras más prohibiciones impuestas sobre la mujer. 



Un misionero -y Jesús fue el mayor de todos- por propia definición, no va hacia un lu- 
gar con la finalidad de cambiar la cultura local. Su objetivo es encontrar formas viables 
en aquella cultura a fin de transmitir las buenas nuevas que desea presentar. Y esto 
fue lo que Jesús hizo. Él no vino a liberar a la mujer de determinadas ataduras socio- 
culturales de la época. Vino a salvar al mundo de las garras de Satanás. 

Sería, como mínimo, exagerado, mirar hacia los tiempos de Jesús y pretender que Él 
se comportara dentro de los valores que manejamos en el siglo XXI. Tan extraña como 
la anterior es la actitud de personas que, a su vez, quieren extrapolar un elemento cul- 
tural de aquella época forzándolo hacia la nuestra. 

La historia siguió su curso y Dios utilizó a mujeres de manera significativa y diferente 
en cada momento. 

Levanto mi voz con convicción: ¡Gracias a Dios que existen las mujeres! ¿Qué sería de 
la historia de los esfuerzos de Dios por rescatar a los seres humanos si no hubiera 
existido el candido espíritu femenino equilibrando la interminable y beligerante activi- 
dad masculina? ¿Qué sería de la comprensión del amor de Dios si los hombres fueran 
dejados a sus propios cuidados? ¿Cómo haríamos para comprender tantas cualidades 
divinas estampadas en la propia naturaleza femenina, en un ser que Dios creó dotado 
de lógica y actitudes diferentes a las del hombre? Dios creó a los hombres y mujeres 
para que se complementen. No existe un mandamiento que diga: "Compleméntense" 
¡No! Porque la complementación es una realidad en la naturaleza creada por Dios. 

Intentando simplificar lo que es complejo, los movimientos machistas y feministas nos 
robaron la capacidad de ver la belleza de la variedad por el crecimiento de una con- 
frontación constante entre dos naturalezas: masculina y femenina. 

Necesitamos entender urgentemente, como Iglesia, que el mundo se ha abierto para 
las mujeres. Tenemos Presidentas y jefas de Estado, presidentas de empresas, lide- 
razgo en muchos sectores de la sociedad. Hace ya mucho tiempo que las mujeres 
están ocupando puestos de influencia en todas las áreas y actividades. 

Parece una conspiración: los medios, películas y libros y la propia vida real han ataca- 
do todos los puestos de autoridad. La autoridad está con sus cimientos minados. Y, 
por increíble que parezca, hasta hace poco tiempo atrás, esos puestos de autoridad 
eran ocupados por hombres. Hay quienes relacionan a los hombres con esta conspira- 
ción contra la autoridad. El hecho es que el mundo le está dado un espacio cada vez 
mayor a las mujeres. 

Sin pretender estar profetizando, me atrevo a vaticinar, basándome en las tendencias 
visibles claramente en nuestro mundo que, mientras cada vez menos se menos se es- 
cucha las voces de los hombres, el mundo querrá escuchar cada vez más la voz de la 
mujer. 

En esta época en la que la mujer es tan solicitada, si no logramos tener en claro el va- 
lor y la necesidad de que las discípulas de Cristo levanten su voz y se proyecten a 
través de su vida y obra a favor del reino de Dios, rápidamente surgirá el prejuicio. 



No estoy proponiendo una sustitución de un género por el otro. Estoy proponiendo una 
cooperación entre los discípulos de los dos sexos y una utilización estratégica de las 
vías que nuestra cultura occidental ha abierto. 

¿Cómo Jesús valoró e interactuó con las mujeres? 



"Hágase conmigo" 

"Yo soy la sierva del Señor. Hágase en mi conforme a tu palabra" (Lucas 1 :38). 

¡Qué frase! ¡Qué decisión! ¡Qué disposición! 

María fue llevada hasta los límites de su fe y comprensión de Dios. ¿Podría haber du- 
dado? ¿Podría haberse negado? Aunque había un ángel delante de ella, podría haber 
escapado. Noten, hombres y mujeres, el ejemplo de María, lo que un corazón dispues- 
to es capaz de hacer. ¿Qué habría sido de la vida de María si se hubiese negado? 
¿Cuántos problemas pudo haberse evitado? 

Hay una idea que ha marcado mi vida y es que Dios me está llamando. Si yo quiero 
participar, Él va a hacer su obra en mí y a través de mí. Si yo decido que no, El va a 
escoger a otra persona que esté dispuesta. El sólo nos ofrece el privilegio de darle 
sentido a nuestra vida al hacer aquello que Él nos manda. 

La obediencia de María es impresionante. ¡Qué contraste con el espíritu de nuestra 
época, que exige todos los detalles y explicaciones del caso! "Si no me convence, ¡es- 
toy fuera!" 

Obviamente, María tenía preguntas, y el ángel las esclareció, pero no para convencer- 
la, sino para que entendiera, al menos, parte del camino que tendría que transitar por 
el resto de su existencia. La invitación de Dios es "Venid... y razonemos" (Isaías 1 :18). 
Dios no exige de nosotros una religión irracional, no pide a,ue le sigamos sin la partici- 
pación de nuestros sentidos y capacidades. Al contrario, Él pide de nosotros "un culto 
racional" (Romanos 1 2:1 , 2). 

Hay dos clases de razonamiento: aquél que se propone la duda como método y el 
hallar motivos para no ir; y aquél que se empeña en encontrar más razones para ac- 
tuar en obediencia. 

Durante siglos, las personas razonaron en todos los detalles sobre la encarnación de 
Jesús y cómo debió haber ocurrido. Hubo personas que se enemistaron, facciones que 
se organizaron, tras una u otra manera de pensar. La pregunta que surge es: ¿Motivó 
alguna de estas discusiones a alguien a la misma actitud de María? ¡No! Por eso, sin 
miedo a equivocarme, afirmo que esa manera de pensar fue equivocada, puesto que 
no condujo a nadie a una experiencia más madura y una fe más valiente para con 
Dios. Entonces, comprendo la experiencia de María. Ella casi está gritando: "Dejen de 
discutir. ¡Experimenten a Dios tomando su Palabra!". 

¿Todavía razonas con Dios? ¿Has desistido? ¿Es mucho trabajo? ¿Cómo argumentas 
con Dios, querido hermano o hermana? 



En este momento, quiero hacerte una invitación. Estudia la vida de María y las conse- 
cuencias que esta única decisión trajo para su vida. Luego, como ella, prepárate, razo- 
na con Dios, pregunta, abre tu corazón acerca de tus dudas y tus miedos. Escucharás 
la voz de Dios diciéndote: "¡No temas!". Lánzate a los brazos del Eterno, aún cuando 
no entiendas todos los detalles, pues "su diestra y su santo brazo" te "han salvado" 
(Salmo 98:1). Y die al Señor lo mismo que dijo María: "Yo soy la sierva del Señor, 
e en mi conforme a tu palabra" (Lucas 1 :38). 



Seguidoras femeninas de Jesús 

Cada ser humano era valorado por Jesús. Tiene y tendrá una parte en su plan de re- 
dención. A los niños, les dio un rol fundamental: "De la boca de los niños y los que 
maman perfeccionaste la alabanza" (Mateo 21 :16). Todos podemos aprender del can- 
dor, la sencillez, la honestidad y la transparencia de un niño. 

La habilidad innata de la mujer para relacionarse, para sentir y ver las necesidades de 
los demás, fue exaltada cuando Él fue acompañado por mujeres que, en gratitud por 
haber sido sanadas, quisieron transmitir esas bendiciones a otros. 

Pobres los maestros de entonces que, discriminando a las mujeres, no lograron enten- 
der la mayor parte de aquello que Dios quería hacerles entender. Debido a sus insegu- 
ridades, estos maestros perdieron de vista una dimensión que, complementada a la 
del hombre, le aporta belleza al todo. 

Es como sucede en otras cosas de la vida: el hombre provee para la casa, la mujer la 
embellece y en esos detalles, logra transformar los ladrillos y las tejas en algo que ex- 
trañamos toda la vida: el hogar. 

¡Cuan importan es que crezcamos en nuestra experiencia como discípulos de Jesús! 
En una primera etapa, recibimos las bendiciones de Dios en nosotros. Nos hacen bien 
y nos regocijamos con ellas. Pero existe el peligro de que nos hagamos cristianos 
egoístas, que viven y continúan clamando bendiciones en nosotros. No sabemos que 
el próximo paso es mucho más interesante y gratificante, que son las bendiciones de 
Dios a través de nosotros. 

Estas discípulas mencionadas lo experimentaron. Después de haber recibido los bene- 
ficios del encuentro con Jesús, cualquiera que éste haya sido, se esforzaron para ayu- 
darlo en sus tareas sirviéndolo según sus posibilidades. En Marcos 15:40, 41 está re- 
gistrado: "Algunas mujeres estaban mirando desde lejos. Entre ellas estaban María 
Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé. En Galilea, es- 
tas mujeres lo habían seguido y servido. Muchas otras mujeres que con él habían sub- 
ido a Jerusalén, estaban también allí". 

Algunas se quedaron observando, esperando si su Amado Maestro necesitaba algo 
para aliviar sus cargas. Viajaban con Él y lo seguían dondequiera que iba. No era cos- 
tumbre que las mujeres hicieran esto, pero que las movilizaba la misma compulsión 
marcada por el amor que aquella mujer tuvo al derramar sobre los pies de Cristo ese 



costoso perfume de nardos. Ellos no se querían perder una sola palabra, un solo gesto 
de amor de Aquél que habían aprendido a amar. 

Cada persona, a su modo, puede seguir y servir a Jesús: "Ya no hay judío ni griego, ni 
siervo ni libre, ni hombre ni mujer. Todos sois uno en Cristo Jesús" (Gálatas 3:28). Eso 
es lo que une a las personas a punto tal de que, aún con diferentes funciones e inicia- 
tivas, ser uno en Cristo. 



"Si tocare su manto" 

Hay dos cosas que nos acercan y que nos hacen semejantes a los hombres y mujeres: 
nuestras necesidades, y las soluciones que Jesús proporciona. 

¿Qué tenían en común un jefe de la sinagoga, un hombre conocido y admirado, con 
una mujer declarada inmunda por la ley que aquél defendía? Me refiero a Jaira y a la 
mujer con hemorragias. Uno de estos personajes, honrado y respetado; la otra, margi- 
nada dentro del pueblo de Dios. Uno puro; la otra, inmunda. Un líder querido por todos, 
y una mujer en un estado como en el que se encontraba. El hombre tenía mucho que 
perder; la mujer, nada. 

Al tocar a una mujer que estaba "en sus días", el israelita quedaba ceremonialmente 
contaminado y no podía aprovechar ninguno de los privilegios que le cabía por la reli- 
gión judía. 

Ambos sabían que no era adecuado que se acercaran al Maestro; Jaira, por una 
razón; la mujer, por otra. Y esto es lo que me llama más la atención en estos hechos. 

Tanto Jaira como aquella mujer se presentaron ante Jesús dejando de lado todas las 
convenciones sociales en cuanto a lo que se podía o no hacer. Sintieron que se trata- 
ba de alguien muy especial, alguien que era digno de participar de la mayor de las de- 
bilidades, del mayor dolor, de aquello que estaba en lo más profundo de sus almas. 
Jaira tuvo que humillarse para pedirle ayuda a un Maestro controvertido, se arriesgó a 
hablar con Él en público acerca de sus deseos. La mujer, que había sido empujada por 
el gentío, lo hizo a escondidas. 

¡Cuánto buscan las personas a alguien que les parezca digno de seguir! Mi hermano o 
hermana, ¿te parece a ti que Jesús es digno de ser seguido? 

Es interesante el hecho de que, al menos en mi país, somos muy sociables y suscepti- 
bles a las discriminaciones sociales, heredamos una carga enorme de cosas que "tie- 
nes y no tienes" o cosas que "puedes y no puedes" hacer. Tal es la carga, que también 
hemos desarrollado la habilidad de responder genuina y espontáneamente como lo 
hicieron Jaira y aquella mujer. 

¿Estás dispuesto/a a romper con los moldes que alguien o la cultura corporativa te ha 
impuesto, para buscar a Cristo en la situación más miserable en la que encuentres? 
¿Consideras a Jesús Alguien especial, a quien serías capaz de responder tomando la 
decisión de permanecer a su lado? 



Pareciera que eso forma parte de los ingredientes necesarios para que cada uno se 
convierta en discÍDulo. 



convierta en discípulo 



Turbada con muchas cosas 

Cada ser humano tiene una manera de ser diferente de los demás. Hay tantas perso- 
nalidades distintas, que los psicólogos elaboran test para descubrirlas y categorizarlas. 
En su libro Soul Types, los autores Hirsch y Kise procuraron estudiar la manera en que 
cada tipo de personalidad adora a Dios y en qué área de su vida son más sensibles a 
su acción. Algunos son más meditativos y encuentran en la adoración a Dios. Otros 
son más activos y se identifican con el Salvador. Otros son líderes, pero a otros no les 
gusta ir al frente. Algunos hablan en público, a otros les gusta cocinar. 

Recuerdo con cariño a una señora de la época de mi juventud, Doña Berenice. Ella re- 
unía a los jóvenes en su casa, preparaba comidas sabrosas y allí, alrededor de la co- 
cina, ella nos daba consejos con tanto amor que era imposible rechazarlos. Ella nunca 
predicaría un sermón en público. Pero, sin duda alguna, era una discípula de Cristo. 

Muchos, no obstante, se esconden tras algunas de las características típicas de su 
personalidad para convencerse de que "con esta personalidad que tengo no podría ser 
un/a discípulo/a". Y yo les respondo: "¡No, no y no!". 

En la situación que nos ocupa en esta sección del comentario, Marta necesitaba 
aprender de María. Pero el mundo no fue hecho sólo de Marías. Hay necesidad de 
personas activas, pues ellas desafían, empujan al frente. También son necesarias las 
personas sensibles, para que la iglesia continúe desarrollándose en las buenas rela- 
ciones. Necesitamos personas meditativas, para que incentiven a otros a vivir a los 
pies de Jesús, así como de los que pueden hablar, para que enseñen y prediquen. 

Marta necesitaba aprender de María en aquél momento. Pero estoy seguro de que 
María tuvo que aprender de Marte en alguna otra instancia. 

Hay una cosa que queda clara: Todos necesitamos meditar y orar; tranquilizarnos y 
experimentar a Jesús en un rincón de nuestra habitación, con la puerta cerrada. En 
algún momento, todos necesitamos encontrarnos con el Señor, hablar con Dios, y 
compartir nuestras experiencias con Él. 

La meditación y la oración sin acción se convierten en egoísmo espiritual. La acción sin 
oración y meditación serían un activismo vacío. Las palabras sin contenido o el conte- 
nido sin palabras son igualmente ineficaces. Tenemos muchas lecciones para apren- 
der de estas dos discípulas del Maestro. 

La vida, considerada como un todo, es una alternancia de contracciones y relajacio- 
nes. Lo vemos en el mundo natural de todos los días. Así ocurre también en la vida de 
un discípulo de Cristo. Hay horas en las que el Maestro nos manda salir de dos en dos 
(Mateo 10), y en otros, Él nos invita: "Venid aparte, a un lugar tranquilo, y descansad 
un poco" (Marcos 6:31). Hay momentos para luchar contra las tempestades y hay mo- 
mentos en los que Jesús nos reprende: "¿No habéis podido velar conmigo ni una 
hora?" (Mateo 26:40). El problema es con aquellos que cambian una hora por la otra. 



Sin embargo, nuestra tendencia es descuidar la parte de María. Por ello Jesús lo des- 
tacó en aquél momento. 

La mujer junto al pozo 

La sensibilidad demostrada por Jesús para con la mujer samaritana es para mi un 
constante ejemplo. 

A sus discípulos, Él les había dicho que fuesen a las ovejas perdidas de la casa de Is- 
rael, y no a los gentiles (Mateo 10:5). Puedo imaginar el corazón del Maestro al pasar 
por aquellos lugares, viendo a aquella mujer destruida por la repetición constante del 
pecado, pero viendo además el anhelo de su corazón por cosas más elevadas, verda- 
deras y puras que las que hasta ahora había estado viviendo. Y Jesús no resistió. Co- 
menzó el diálogo y, paso a paso, con atrevimiento mezclado con sensibilidad, El le 
hizo descubrir por sí misma a la mujer quién estaba delante de ella. 

Jesús lograba estimular los sentimientos, así como la mente, para que llegara un mo- 
mento en que sus interlocutores exclamaban figuradamente "¡Eureka!", puesto que 
hacían un descubrimiento que marcaría toda su vida. Este abordaje, considerando al 
ser humano como un todo, era su secreto. La característica del método del Salvador 
era una mezcla de desafío, amor profundo, atrevimiento para guiar el diálogo, sin pa- 
sar por la chatura de los excesos, uniéndolo todo con un interés genuino y verdadero 
por la persona, siempre transmitiendo la idea de que ese momento afectaría a su inter- 
locutor por la eternidad. 

¿Cuál fue la respuesta de esta mujer? La típica de una discípula de Jesús. Salió, no 
hizo caso de la incomodidad y la vergüenza que pasaría delante de sus conciudada- 
nos y confesó sus pecados. Invitó, casi obligando, a que casi toda la aldea fuera a ver 
a Jesús. 

Entonces surge nuevamente la pregunta: "¿Por qué esto no ocurre con nosotros?". Y 
yo respondo. "¿Quién dice que no ocurre contigo?". ¿Nunca has conversado honesta- 
mente con Jesús? ¿Nunca te respondió como se ha descrito en el diálogo con la sa- 
maritana? ¿SI? ¿Conversaste con Jesús? Entonces, ¿qué estás esperando para lla- 
mar a toda tu ciudad, pueblo, barrio para que encuentre a este maravilloso Jesús? 

¿No lo has hecho todavía? ¿Nunca has tenido una conversación como aquélla con 
Jesús? ¿Y qué estás esperando para tenerla? 

Jesús hace lo mismo con nosotros. El problema es nuestra percepción distorsionada 
por el estilo de vida poco comprometido que llevamos. Tenemos otras prioridades, y el 
tiempo del fin nos está mostrando dónde estamos cada uno. 

¿Qué no fue capaz de hacer Jesús por una sola discípula? ¿Qué no haría El por ti? 

Si Él se esforzó con denuedo por una mujer despreciada por los judíos y los propios 
samaritanos; si Él procuró llegar hasta alguien que ya no creía ni siquiera en sí misma 
ni en la posibilidad de que su vida fuera mejor que en el estado miserable en que se 
encontraba, Él con certeza te está buscando a ti. Cuando nade más crea en ti, ni si- 
quiera tú, Jesús sí cree en ti, porque El espera que creas en Él. 



Si tú te sientes la criatura más insignificante entre los seres humanos, debes saber que 
Jesús te quiere como discípulo/a. ¡Bebe del agua que saciará tu sed para siempre, 
hermano/a querido/a! 

Dr. Berndt D. Wolter 

Profesor de Misiología 

Univ. Adventista de San Pablo - Campus 2 

Traducción: Rolando D. Chuquimia 



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